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Escanea el QR del capítulo 17 y conoce la casa de la familia Veland en la Toscana


Nohar Veland creció en lo alto de las colinas toscanas. Entre la restauración de retablos que realizaba su padre, Giorgio Veland, y los relatos celestes que inventaba su madre, Mara Helya.

Ella solía pintar constelaciones en el techo con pigmentos fosforescentes y le enseñaba a leerlas como si fueran partituras secretas o mapas de otros mundos. A veces dibujaban juntos rutas estelares imaginarias, y otras veces bastaba con una palabra para que inventaran un planeta con su clima, sus criaturas, sus reglas.

Solía decir que las estrellas no estaban allí solo para ser estudiadas, sino para ser narradas. Que cada órbita era una posibilidad y en cada posibilidad habita un universo.

Tras la muerte repentina de Giorgio, cuando Nohar tenía apenas nueve años, madre e hijo emigraron a Estados Unidos. Se establecieron en el norte del estado de Nueva York, donde Mara trabajó como bibliotecaria en una universidad menor. Nunca vendió la casa en Toscana. Decía que «algunas raíces siempre vuelven a brotar».

Mara murió poco después de que Nohar terminara el colegio. Como despedida, le dejó una libreta llena de símbolos en tinta turquesa, como quien entrega la semilla de un mundo aún por inventar.

A los diecinueve años, él regresó a Italia con una beca para estudiar arquitectura. Se instaló en Florencia, y su primer proyecto fue la restauración de la casa familiar. Durante ese proceso, comenzó a tener sueños persistentes, a percibir patrones de energía en las paredes y símbolos ocultos bajo capas antiguas de yeso.

Fue allí —dicen algunos— donde selló su primera fractura, sin saber aún lo que estaba haciendo.

Desde entonces, ha vivido en varias ciudades europeas, pero vuelve, cada tanto, a la Toscana. A veces solo. A veces acompañado por el eco de algo que aún no se ha desvelado.