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Escanea el QR del capítulo 8 y acompaña a Nohar a una nueva visita al interior de la Forja de Infinidades


Hay espacios que no se cruzan caminando, sin importar cuán larga sea la zancada o cuánta técnica posean los pies. Hay umbrales que solo ceden si el alma se rinde, si la conciencia se disuelve.

Así llegó Nohar aquella noche a la Forja de Infinidades. Pero lo importante no fue el trayecto, sino lo que quedó vibrando después.

Desde entonces, no hubo jornada en la que el arquitecto no regresara —con la memoria— al plano blanco donde todo se reveló sin forma. No era un lugar al que se pudiera volver, sino una resonancia que ahora habitaba en su médula, una música sorda persistente bajo todas las voces.

Y al centro de esa vibración, una palabra: «Mitosis».

No tenía rostro ni símbolo, pero él la sintió latir. No era un Camino como los otros; no irradiaba un patrón, no emergía con un color reconocible, ni se alojaba en un extremo del cuenco. Era anterior. O posterior. O simplemente perpendicular.

La Mitosis no pedía alineación ni exigía fe. Proponía una pregunta.

«¿Puede lo real repetirse sin romperse?»