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La Canción Verde del Último Aliento

Cuentan los cronistas de Etherial Paths que hubo un punto en que la trama del universo sonó como un laúd desafinado. No estalló en mil pedazos; simplemente vibró con una nota áspera que amenazó con propagarse a cada hebra de realidad. A aquella época se la recuerda como el Crepúsculo de la Concordia, la antesala del duodécimo ciclo, cuando la fuerza llamada Discordia empezó a erguirse como viento de cuchillas.

Los guardianes e hilares, remendaban fallas, recitaban cantos de simetría, y aun así la disonancia crecía. No nacía del vacío: surgía de corazones cansados, de pueblos que, tras siglos de gestas y sacrificios, empezaban a pensar que la contienda era más seductora que la armonía.

En los salones traslúcidos donde se reúnen los Guardianes, los espejos de flujo mostraban mapas donde la luz azul del entendimiento se veía horadada por filamentos rojos. Cuando una de aquellas vetas rojas tocaba dos territorios enfrentados, lo que seguía era predecible: roces, fronteras, incendios de palabras.

Fue entonces cuando la Conexión —ese Sendero que ata lo distante con la simple ternura de un puente— pidió la palabra. La tradición afirma que Conexión se presentó con un gesto humilde: un haz de hebras trenzadas, cada una diferente en color y grosor, pero resistentes sólo cuando se abrazaban. “Ya intentamos templos y códigos,” dijo. “Hace falta algo sencillo, algo que cada boca reconozca y que ningún rey pueda patentar.”

Los Guardianes escucharon.